Primeras impresiones

Primeras impresiones

 

Los resultados de estas elecciones, marcadas desde sus orígenes por el error, no son fuente de sorpresas, pero sí de preocupaciones.

1.- La extrema derecha neofascista aprovecha la ocasión que se le proporcionó innecesariamente para convertirse en un factor determinante en la vida política española, lo que puede suponer un cambio de trascendencia todavía difícil de evaluar.

2.- Las fuerzas de regeneración democrática y social continúan su rápido proceso de debilitamiento electoral, como acredita la evolución de los resultados de Podemos:

-Elecciones europeas 2014_   1.253.837 votos    7,98%     5 escaños (1)

–       »        generales 2015_   5.189.465    »       20,7%     69    »

–       »              »       2016 _  5.049.734    »        21,1%    71     »     (UP)

–       »              »       2019_   3.732.929    »        14,3%    42     »     (UP)

–       »        europeas 2019_   2.258.857     »       10,07%    6      »    (UP)

–       »        generales 2019_   3.097.185     »       12,8%     35     »    (UP)

3.- Aunque desde las elecciones de abril Unidas Podemos  todavía perdió el 17% de sus votos, la profundidad de la caída parece haberse atenuado y los tres millones largos que aún conserva permiten a sus dirigentes mantener el liderazgo. Lejos de cualquier autocrítica por su contribución a la actual situación, culpabilizan a terceros de sus resultados y se apresuran a reafirmarse en la exigencia de gobierno de coalición con la matización añadida de proporcionalidad.

4.- Las posibilidades de formar un gobierno progresista con un mínimo de estabilidad son menores ahora que antes. Todo apunta, pues, hacia un futuro próximo en el que los problemas continuarán pudriéndose y la derecha avanzando.

5.- Los resultados de Más País son muy pobres. El hipotético tirón electoral del líder no compensó las grandes debilidades del proyecto: inexistencia de una red organizativa, falta de medios materiales y humanos, exclusión de los grandes debates, imagen de división de la izquierda en un contexto de avance de la derecha y, sobre todo, sensación a medida que avanzaba la campaña de tratarse de un voto perdido. Ignoro las posibilidades que su nueva condición de parlamentario le puedan ofrecer a Errejón, pero me temo que su imagen pueda quedar dañada, al menos por un tiempo.

 

Cheni Uría

(1) Izquierda Unida, 6 escaños.

Más, o Menos

Hace algo más de cuatro años, un grupo de asturianos de diferentes sectores profesionales, sociales, sindicales y políticos, constituimos una plataforma con el fin de promover una candidatura unitaria de las fuerzas progresistas. Asturias por la Unidad estaba cruzada de hombres y mujeres de muy diversa procedencia y de diferente pensamiento: ecologistas, feministas, socialistas, comunistas, incluso algunos militantes de algún partido. Para las elecciones de diciembre de 2015 no logramos ningún resultado positivo, porque los actores principales, Podemos e IU, no se pusieron de acuerdo. Pero sí hubo candidatura unitaria en junio de 2016 y también hubo acuerdo para alcanzar el tripartito en el ayuntamiento de Oviedo.

Cuatro años después, todo parece indicar que no solo no habrá acuerdo unitario entre las fuerzas actoras progresistas, sino que la fragmentación va a ser mayor.

¿Por qué consideramos positivo para los sectores populares, un acuerdo electoral unitario de las fuerzas progresistas? La explicación es tan simple como que la historia de las elecciones pasadas, desde las primeras de 1977, demuestra que la unidad prima y la división castiga, al menos con la ley electoral actual. Los analistas que argumentan que la división de la derecha en Andalucía, favoreció la opción de Gobierno de PP y C’s con el apoyo de Vox, solo expresan un mantra en la etapa de fake news. El Psoe y Adelante Andalucía, perdieron las elecciones andaluzas de diciembre del 2 de diciembre de 2018 por la amplísima abstención que se produjo en esa ocasión, y que afectó a esas formaciones políticas.

La participación en unas elecciones tiene siempre un sentido transversal, porque los programas y las actuaciones electorales tienen un fin concreto: captar votos; y no se plantean directamente un cambio social. Los programas, las actuaciones y las campañas son, en muchos casos, operaciones de marketing, en las que operan diversas tendencias ideológicas y formas de pensar distintas, aunque tengan un común denominador.

Por todo eso seguimos pensando que lo positivo, hoy, como en diciembre de 2015, como en junio de 2016, y como el 28 de abril de este mismo año, hubiera sido un acuerdo unitario entre todas las fuerzas progresistas. Un acuerdo claro, trasparente, desde abajo; con plenas garantías para la celebración de unas primarias participativas y garantistas que hubieran potenciado la reactivación social. Y sobre todo, un proceso que tapone los personalismos y los hiperliderazgos. Para dar la palabra a la gente.

Seguimos mal, pero estaremos peor.

J. M. Álvarez-Pravia

Por qué apoyo la candidatura de Errejón

            Tengo que reconocer que cuando me hablaron por primera vez del proyecto de Más Asturies traté de disuadirles, considerando que en una circunscripción electoral de tan sólo siete diputados suponía una iniciativa demasiado arriesgada; y el riesgo no iba a compensar la previsible bronca que se iba a montar en los ambientes de izquierdas.

            Sin embargo, una vez que mis objeciones fueron desestimadas (lo cual, por otra parte, no deja de ser lógico, porque no suelo acertar en mis predicciones electorales), no dudé en dar todo mi apoyo: consideré que lo mejor que podía hacer dadas las circunstancias era contribuir, en la medida de mis escasas posibilidades, a que gente como Errejón, Carolina Bescansa y Joan Baldoví, tuvieran grupo parlamentario propio en el próximo Congreso de Diputados.

Hay dos razones principales que motivan ese apoyo. La primera responde a consideraciones a corto plazo. La entrada en el escenario parlamentario de un nuevo factor constituido por gente progresista inteligente, flexible, con capacidad intelectual y libre de ataduras previas facilitaría, sin duda, la superación del bloqueo político que tanto daño viene causando y tanto está contribuyendo a la extensión de un pensamiento populista reaccionario en la sociedad española.

La segunda es de más largo alcance y tiene que ver con mi percepción de la evolución de Podemos.

Podemos, conectado directamente con la explosión social del 15 M, significó un revulsivo extraordinario en la política española y una auténtica promesa de transformación. Pero, a la vez, experimentó un proceso muy rápido de anquilosamiento que le llevó a convertirse muy pronto en una reedición de las organizaciones tradicionales de izquierdas, con sus cualidades, pero también con todos sus defectos. Como ya señalé en algún otro escrito, a ello contribuyó muy probablemente el pronto desembarco en sus filas de cuadros y militantes procedentes de organizaciones políticas y sindicales anteriores, así como el hiperliderazgo de Pablo Iglesias y de Irene Montero y la consiguiente depuración de la mayor parte de los cuadros fundadores.

En esta situación, la formación de una referencia electoral nueva, aunque de momento sea todavía pequeña, pero que represente con más fidelidad el espíritu inicial de Podemos, puede suponer un revulsivo que abra nuevas expectativas. Expectativas de debate, de recomposición, de nuevos reagrupamientos…

Romper el bloqueo político, abrir nuevas expectativas en las fuerzas de cambio y de progreso… ¿Y los riesgos? ¿Y la división de la izquierda? ¿Y el peligro de que gane la derecha?

El peligro de que gane la derecha no viene dado porque se presente Errejón. Viene dado por la repetición de elecciones. Y de ello Errejón no tiene ninguna responsabilidad. La tienen otros. Y es fácil arrojar el estigma de división sobre las iniciativas nuevas: así, las entidades establecidas podrán permitirse el lujo de cometer todo tipo de errores, porque las novedades críticas siempre vendrán a dividir. Esa es la lógica del conservadurismo.

Las fuerzas establecidas tienden a sobreactuar. Un caso reciente es la airada reacción de los comunes en Barcelona. La circunscripción de Barcelona presenta muchos diputados, por lo que allí el voto es muy proporcional y la división no penaliza. A los comunes, lo más que les puede pasar por la presentación de Errejón es perder un diputado en favor de una candidatura afín, lo que no significa ninguna tragedia. Los comunes no se juegan casi nada en las elecciones generales; su verdadero terreno son las autonómicas y municipales. En el Congreso son un simple apéndice de Podemos.

En Asturies la cosa es, sin duda, más problemática porque hay menos para repartir. En todo caso, los votos cuentan para el porcentaje global que exige un grupo parlamentario. Asumo los riesgos de apostar por lo nuevo cuando lo viejo no funciona. No es la primera vez que lo hago. Nunca me gustó el viejo grito de «¡maminina! ¡qué me quede como estaba!.

Cheni Uría

¡Me encantan las elecciones!

¡Me encantan las elecciones!

No sé si es porque en mi juventud peleé mucho para que en este país hubiera elecciones de una puñetera vez, pero no deja de sorprenderme la reacción generalizada de indignación ante la actual convocatoria electoral. Se habla de fatiga ciudadana ¡Qué absurdo! A mí hay muchas cosas que me fatigan, por ejemplo pagar el recibo de la luz y del gas cada poco tiempo, pero no conozco nada menos cansado que acudir a depositar un voto. Las elecciones son un mecanismo indispensable en democracia y hay que recurrir a ellas cuantas veces sea necesario: eso es algo que en cualquier país europeo saben y practican desde hace muchos años sin rasgarse las vestiduras.

De lo dicho hasta ahora no se deduce que que a mí no me cabreen también muchas de las cosas que ocurrieron estos días atrás. También me cabrea la repetición de las elecciones, pero no porque haya que votar otra vez, sino por miedo a perderlas. Lo que me cabrea es que el PSOE y Podemos hayan decidido tan alegremente jugarse a la ruleta rusa el futuro de todos nosotros. Creo que ambos partidos realizaron un ejercicio de irresponsabilidad. No tiene mucho sentido a estas alturas especular sobre las razones que les movieron a uno y a otro para llegar a esta situación, pero lo que sí parece claro es que los riesgos de la operación, al menos vistos desde hoy, superan con creces los inconvenientes que pudiera haber acarreado algún tipo de acuerdo.

¿Qué tipo de acuerdo hubiese sido  más oportuno? Está claro que cada parte tenía sus puntos de vista. Yo voy a exponer los míos. En mi opinión la fórmula más realista y más favorable para todas las partes hubiese sido un gobierno del PSOE, con algún ministro independiente de la confianza de Podemos y con un programa de gobierno pactado.

Nunca entendí la obsesión de Podemos por entrar en el gobierno. Hay que tener muy en cuenta que se trataba de un gobierno sin mayoría absoluta y, por lo tanto, muy débil, con la amenaza de una recesión económica y la crisis catalana encima. En esas condiciones, la presencia de Podemos hubiese limitado su capacidad de maniobra y acentuado su debilidad frente a los ataquers de la derecha. Al mismo tiempo, Podemos quedaría más pillado, con menos independencia, mientras que, manteniéndose fuera, podría siempre ejercer un control parlamentario y conservaría mayor capacidad de crítica. Y podría ser una fase preparatoria para otra posterior más avanzada, mientras que un gobierno de coalición fracasado probablemente sería negativo para ambos y abriría paso a la derecha.

Pero todo eso es agua pasada. Lo importante ahora es lo que puede ocurrir el 10 de noviembre. Y ahí, lo que me asusta es encontrarme con tanto «indignado» en las filas de la izquierda. No digo que no haya motivos para poner pingando a los actuales dirigentes de la izquierda, pero no es menos cierto que el día que este país esté gobernado por un Bolsonaro o un Salvini, ese día sí tendremos motivos para estar cabreados de verdad. Por eso, lo de ir a votar en noviembre no es ninguna tontería. Una vez más, nos jugamos mucho. La cuestión de a quién votar es una cuestión menor. Como decía el otro día mi sabio amigo Miguel Muñoz, en unas elecciones nunca se vota a favor, siempre se vota en contra. Lo importante es tener claro contra quién hay que votar. Y sobre eso, no cabe la menor duda.

Cheni Uría

Comentario después de las elecciones andaluzas

Los resultados electorales ponen de manifiesto tres cuestiones relevantes:

  1. La primera se refiere específicamente a Andalucía: el hartazgo de la sociedad andaluza después de tantos años de monopolio del poder por parte del PSOE y de una casta política monolítica construida a partir de unos centros de poder muy consolidados: Casas del Pueblo, grupos municipales socialistas, cúpulas sindicales de la UGT, juventudes socialistas, Instituto de la Mujer…, y cuya expresión pública más evidente es la propia Susana Díaz.
  2. La segunda es también muy característica de Andalucía, pero en mayor o menor grado es extensible al resto de España: la enorme capacidad de movilizar a la derecha en general y a la extrema derecha en particular que tienen dos fenómenos concretos: el independentismo catalán y la inmigración. Dos fenómenos que son estructurales y están llamados a seguir formando parte de nuestra realidad futura.
  3. La tercera es generalizable a todo el estado español: el incontenible, aunque todavía lento, declive político y electoral de Podemos, sin que en los resultados tenga ninguna relevancia la alianza con Izquierda Unida.

Si el futuro político español estaba lleno de incógnitas, los resultados electorales de Andalucía vienen a ampliarlas.

En primer lugar, en la propia Andalucía.

La perspectiva que, en un primer momento, se abre paso con más posibilidades es la de un gobierno de coalición PP- Ciudadanos, presidido por el PP y con el apoyo parlamentario de Vox. Pero no me parece que la fórmula sea sencilla. En primer lugar, Vox va a estar envalentonado y va a poner condiciones duras, incluso participar en el gobierno. Y Ciudadanos, una vez pasada la euforia inicial, quizás empiece a valorar que las cuentas no le salen tan claras: ¿un gobierno con Vox no significará ya hipotecar definitivamente cualquier imagen de partido de centro, convertirse definitivamente en otro partido más de derechas, condenado a vivir exclusivamente del anticatalanismo?, ¿qué papel le queda en Andalucía, en un gobierno presidido por el PP y en el que quien verdaderamente llamaría la atención sería Vox? ¿Y qué van a opinar Macron y Valls, candidato a la alcaldía de Barcelona, de la alianza de sus aliados españoles con los aliados españoles de Le Pen?

O sea, que no me extrañaría que en los próximos días viésemos movimientos de cintura. Pedro Sánchez ya demostró que la tiene. Rivera, todavía no. Susana Díaz será un obstáculo dispuesta a morir matando, pero después de lo de ayer le queda poco oxígeno. On verra, que decimos los franceses.

La política estatal también sale tocada. Ninguno de los partidos, con la excepción de Vox, puede estar satisfecho de los resultados de Andalucía, a no ser por las desdichas ajenas. En su propia casa, Pedro Sánchez puede aprovechar la ocasión para librarse del último enemigo interno y poner orden en las filas de cara a las próximas citas electorales. Pero su gobierno, que ya era débil, sale todavía más flácido. Las presiones desde todos los lados le van a aumentar todavía más si cabe; su margen de maniobra ante la cuestión catalana va a disminuir. En los próximos días va a tener que seguir deshojando la margarita para decidir por fin si adelanta o no las elecciones generales, aunque lo cierto es que no creo que nadie esté muy interesado en ellas. Para Casado, los resultados de Andalucía son un fracaso personal y se confirma la caída electoral del PP y el fin del bipartidismo. Pero, a su vez, Rivera no consigue el anhelado sorpasso y unas elecciones generales ahora muy bien podrían asegurarle en el poco glamuroso papel de «tercer hombre».

O sea, que todo sigue muy confuso, más que ayer, con el lío catalán en la sala de máquinas y el gallinero mediático a pleno rendimiento.

Y bueno, ya están ahí. Los veíamos venir, pero siempre teníamos esperanzas de que fueran una mala pesadilla. Pero no. Ya llegaron. Ahora se llaman Vox. antes los conocimos como Fuerza Nueva, Guerrilleros de Cristo Rey, Falange Española y de las JONS… La única ventaja es que los conocemos bien.

Cheni Uría

 

Todo sigue peor

El viaje a ninguna parte que supuso la aplicación del artículo 155 de la Constitución del 78, ha reflotado en el conjunto de la opinión pública algunas cuestiones que permanecieron aletargadas en los últimos tiempos. La política de bloques practicada por los independentistas por un lado, y por el Gobierno con la ayuda del PSOE y la complicidad directa de Ciudadanos por otro, ha demostrado que todo no sigue igual. No, todo sigue peor.

Los efluvios de los sentimientos nacionalistas habían escondido las principales reivindicaciones de la ciudadanía, convirtiendo en un problema de bloques interclasistas los verdaderos problemas de la inmensa mayoría de la población. Así, desde las primeras elecciones autonómicas, las profundas reivindicaciones de las clases populares más desfavorecidas escondieron que muchos de esos sentimientos nacionalistas estaban gestionados para beneficio económico y social de las poderosos.

Es el caso de la primitiva CiU, convertida en PdeCat como consecuencia de la corrupción, y más tarde en JunstxCat. Este bloque nacionalista catalán que ya apuntaba maneras en 1979, aun cuando quedó por detrás de dos opciones de izquierda, como el PSOE –desde las autonómicas de 1980, PSC-PSOE- y el PSUC, absorbió durante décadas las reivindicaciones populares encubriéndolas con el manto nacionalista y el bipartidismo catalán. La situación se modificó más si cabe, en la elecciones de 1980, en las que CiU empató con el PSOE, y muy cerca de ellas el PSUC (ver cuadro de abajo). Las elecciones generales de 1982 amortiguaron en alguna medida el empuje nacionalista, porque lo que estaba en juego, tras el intento de golpe del 23F, era la democracia.

En el cuadro que presentamos a continuación se comprueba como se fue asentando la opción nacionalista dirigida por la derecha catalana, por cierto una de las más corruptas de toda España. Y cómo fue perdiendo terreno la izquierda, en particular la representada por el PSUC

PSOE AP CIU
 Años 79 80 82 79 80 82 79 80 82
Barcelona 30,3 27,0 47,6 3,9 14,3 15,9 27,0 20,7
Gerona 27,5 19,8 33,6 3,3 12,9 24,4 37,3 35,3
Lérida 24,5 19,4 35,5 3,2 2,3 15,6 15,1 28,4 27,5
Tarragona 28,3 20,6 41,3 3,9 5,3 17,4 13,9 23,7 20,3
UCD PSUC ERC
 Años 79 80 82 79 80 82 79 80 82
Barcelona 17,0 8,0 1,5 19,1 21,1 4,8 3,9 8,2 3,7
Gerona 24,5 15,3 2,2 9,4 9,4 3,1 4,2 10,6 5,5
Lérida 31,7 23,5 5,6 10,5 10,7 2,7 7,8 12,2 5,8
Tarragona 27,8 19,9 4,3 14,0 15,2 4,6 4,6 10,3 3,9

Aunque el electorado catalán vota diferente en las elecciones generales y en las autonómicas, CiU pasó del 14,4% en el 82 al 46,6% en las autonómicas de 1984 y al 32% en las generales de 1988, aumentando considerablemente su espacio político, social y electoral. De suerte que durante los años que van de las elecciones generales de 1986 al 2006, CiU y PSOE se alternaban la primera posición en las autonómicas y en las generales respectivamente. Fueron los años del bipartidismo imperfecto de Cataluña.

A partir del 2005-2006, como consecuencia del camino emprendido por el PP para judicializar el proceso soberanista en Cataluña, procés que se impulsa de manera acelerada desde 2012 por CiU, ERC y la CUP, el independentismo amplió su base social de manera considerable. El efecto colateral de ese proceso independentista, fue el encubrimiento por parte de la actividad política catalana y de los medios de comunicación, de los problemas sociales y políticos de los pueblos del Estado Español. Manejado el proceso por los independentistas y utilizado por el Gobierno español y su presidente Rajoy, cuya estrategia ha consistido en no hacer nada, ha servido para proporcionar un silencio sepulcral sobre los infinitos casos de corrupción que les rodean a muchos de los protagonistas de ambos bloques. Todo circulaba alrededor del problema independentista. Lo demás no existía.

Mientras tanto y gracias a esa inanición del Gobierno Rajoy, el independentismo crecía electoralmente y se consolidaba en torno al 48 por ciento aproximadamente. Así venía sucediendo desde las elecciones al Parlament de 16 de noviembre de 2003 y la aprobación del nuevo Estatut en 2005.

En tales circunstancias el Gobierno español aplica, con los apoyos del PP, PSOE y C’s, el artículo 155 de la Constitución del 78. Las condiciones de su aplicación las determinó el Gobierno y su grupo parlamentario en el Senado, que es mayoritario: destitución de un gobierno elegido democráticamente, disolución de un Parlament elegido democráticamente y convocatoria de elecciones por el imperio de la ley, que casi fue “por el imperio hacia Dios”. Conviene recordar que el artículo 155 no dice nada más que “Si una Comunidad Autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España, el Gobierno, previo requerimiento al Presidente de la Comunidad Autónoma y, en el caso de no ser atendido, con la aprobación por mayoría absoluta del Senado, podrá adoptar las medidas necesarias para obligar a aquélla al cumplimiento forzoso de dichas obligaciones o para la protección del mencio­nado interés general”. Nunca se había aplicado en España, y prácticamente nunca se hizo en los países de la UE.

Dentro de lo que cabe tuvimos suerte que no aplicaron el estado de excepción o de sitio, tal como reclamaban algunos dirigentes de la “pepernia”.

Después de la aplicación del 155 y la consiguiente suspensión de la Generalitat, la convocatoria de elecciones para el 21 de diciembre de 2017 parecía querer dar la palabra a los electores catalanes. La decisión del Presidente del Gobierno tuvo una primera acogida entusiasta en el tripartito (PP, C’s y PSOE). Pero no. Quien mejor lo interpretó fue la extrema derecha instalada en el poder o en sus aledaños, que tuvo el mayor balón de oxígeno desde la muerte del dictador. Desde la declaración del “rey pequeño”, hasta la eclosión de las banderas patrias, todo fue una gran fiesta de patriotería.

No olvidemos que la judicialización de la acción política que ejerce el Tribunal Supremo y el Tribunal Constitucional por indicación del PP, desde la misma fecha en la que se recurrió el Estatut aprobado el 30 de septiembre de 2005 por el Parlament y ratificado en Referéndum y por el Congreso de los Diputados, ha llevado parejo la total ausencia de acción política de Rajoy. Claro está, querer hoy normalizar una situación política con presos políticos, exiliados y un Presidente del Gobierno que nos repite lo que ya nos enseñaron en primaria, es tarea harto difícil.

La actuación del Supremo, que va a tener una continuidad de consecuencias impredecibles, está poniendo de manifiesto que la “crisis catalana” va para largo y cada vez más profunda. O lo que es lo mismo: en un país en el que la separación de poderes es muy nebulosa y en donde los tribunales son, en buena medida, los mejores continuadores del franquismo, el respeto al derecho de los electores choca o es incompatible con la judicialización de la política. En una democracia, la legitimidad democrática la dan las urnas y los electores, nunca los tribunales ni las instituciones, máxime cuando éstas no sufrieron transformación alguna dada la continuidad que supuso, en muchos aspectos, la denominada “transición democrática”. A no ser que los ciudadanos catalanes elijan una cosa y el Tribunal Supremo decida quien vale como elegido y quien no.

Lo que está en juego es el principio de sufragio universal y democrático, el principio de libertad democrática de opinión y elección.

Sin embargo, los resultados de los ciudadanos a los que apeló el PP, junto con C’s y PSOE, no pueden ser menos significativos. Los independentistas han vuelto a obtener mayoría absoluta en el Parlament.

La movilización previa al proceso electoral del 21D, trajo un dato muy positivo: la mayor participación de toda nuestra historia democrática. La abstención había pasado de un 41,22% en 2010 al 30,44 % en 2012 y a un 22,56% en 2015. La polarización en la campaña del 21 de diciembre, entre los bloque independentistas y españolistas monárquicos, hizo que la abstención en 2017 fuera la más baja de toda la serie, un 18,06 por ciento.

Recordemos que el 15 de junio de 1977 la abstención en el conjunto de España, fue de 21,17 %; y el 28 de octubre de 1982 fue de 20,03 %, que eran dos de las cifras más bajas de abstención o más altas de participación.

La participación creció algo más en las zonas metropolitanas de Barcelona y en las zonas industriales, que en las zonas rurales. Pero también en las zonas rurales, en general de mayor influencia independentista, creció la participación. Por ejemplo, una ciudad de clara influencia del nacionalismo, como es el caso de Cerdañola del Vallés, tuvo una abstención del 15,3%, muy por debajo de la media.

 

Los resultados del 21D en Cataluña

Después de todo el recorrido, el resultado es lo suficientemente explícito para concluir que: el independentismo vuelve a tener mayoría absoluta en el Parlament; el nuevo partido, impulsado por los grandes poderes económicos –como lo fue la operación Roca-Garrigues en 1986 con el apoyo de Rafael Termes y la banca-, le ha “robado la cartera” al PP y parte al PSOE, es decir, C’s es el partido más votado en Cataluña, a costa de hacer casi desaparecer al PP y estancar al PSOE; los que se oponen a la independencia de Cataluña y defienden el derecho a decidir, previo acuerdo pactado a nivel de todo el Estado, han obtenido un resultado claramente insuficiente.

 

CATALUÑA Autonó. 28-11-2010 Autonó. 25-11-2012 Autonó. 27-9-2015 Gen. 20-12-2015. Gen. 26-06-2016. Autonó. 21-12-2017
C’s 3,40 7,58 17,90 13,05 10,93 25,48
CiU. JxCAT. DL. CDC** 38,47 30,68 39,59 15,08 13,92 21,75
ERC-Cat Sí. ERC**. 7,00 13,68 15,98 18,17 21,49
PSC-PSOE (2) 18,32 14,43 12,72 15,70 16,12 13,94
CatComú Podem. EN COMÚ. ECP. ICV-EUiA* 7,39 9,89 8,94 24,74 24,51 7,48
CUP. CUP-Alt.Esq. 3,48 8,21 4,47
PP 12,33 12,99 8,49 11,12 13,36 4,26

*Se acoplan los datos de ICV-EUiA de 2010 y 2012 con los de CatSiquesPot y CatComú Podem de 2015, 2016 y 2017.

**En 2015 ERC y PdeCat fueron juntos bajo la sigla de JunstxSí. Esos datos del 2015 pertenecen a los dos, pero por simplificar los asociamos a CiU. JxCAT. DL. CDC, dado que el 21D obtuvo más votos que ERC

Dada la dinámica previa a las elecciones del 21D, no es posible hacer un análisis riguroso en términos de derecha e izquierda. Partidos de uno y otro bloque tienen una buena mochila de “votos prestados” que no son de su ideología. Es el caso más claro de Manresa, una ciudad de notable orientación nacionalista en la que C’s ha crecido menos y donde sufren más los Comunes en relación con las generales, lo que prueba que en ciudades como ésta, el voto nacionalista tiene un buen talego de “votos prestados” que son de orientación popular y de clase. Similar caso es el de Mataró, aunque menos acusado.

Un análisis pormenorizado de los resultados por provincias y ciudades de más de 50.000 habitantes nos puede dar alguna de las claves.

En primer lugar la ciudadanía catalana en su mayoría, rechaza las opciones de extrema derecha y parece que mayoritariamente no está de acuerdo con la declaración unilateral de independencia, ni siquiera con la independencia. Además, tal como ya dijimos, la población catalana vota claramente partidos de izquierda en las elecciones generales y partidos soberanistas en las autonómicas.

En segundo lugar, en el cinturón metropolitano de Barcelona, de población mayoritariamente inmigrante, el partido que más creció fue Ciudadanos en detrimento del PP y en parte del PSOE. Así por ejemplo en Badalona, feudo del PP por su discurso antiinmigración, con alcaldía hasta las últimas municipales, este partido pasó del 22,73% al 8,29%, mientras C’s pasaba del 4,11 al 31,04%. En estas ciudades, una buena parte del voto de sectores trabajadores y populares, fue a parar a las urnas de los españolistas del 155, por rechazo a la propuesta independentista y porque las posturas de referéndum pactado no fueron comprendidas. Parecido son los casos de Santa Coloma de Gramanet, Viladecans y Reus en Tarragona .

En tercer lugar, en las ciudades de claro voto de derecha, como es el caso de Castelldefels, antes derecha catalanista, se suma ahora a los brazos de C’s. Además, en estas ciudades, el voto de Unió Democrática, claramente un voto de derecha democristiana, no se sumó en gran medida a la urna del PSC, pese al pacto previo que sellaron. Buen ejemplo de ello está en Granollers y en la propia provincia de Tarragona. El PSC-PSOE retuvo mejor sus votos en zonas populares del Vallés y el Llobregat: Cornellá, L’Hospitalet, Mollet, El Prat, Rubí, Sant Boi y otras con menos implantación nacionalista. Si bien, en casi todas ellas el PSC pierde y Ciudadanos gana: por ejemplo en L’Hospitalet, el PSC pierde 8 puntos porcentuales con respecto a las autonómicas de 2010 y el C’s pasa de 4,74 por ciento a 33,39 por ciento. En todas ellas, CatComú obtuvo excelentes resultados en las generales y mucho más bajos en las autonómicas.

Por provincias se observa una notable tendencia al nacionalismo en Gerona y Lérida y menos acusado en Barcelona y Tarragona. En esta última provincia, la tendencia es claramente hacia la derecha nacionalista y no nacionalista.

En definitiva, el recurso al 155 no ha desatascado ninguna situación endiablada. Mas bien lo dejó todo peor.

La imposibilidad de una salida aceptada democráticamente por todos los contendientes hace inviable una solución a corto plazo. Y por tanto pone en la cabeza de muchos la posibilidad de unas nuevas elecciones.

Esperemos que el recurso a las banderas que iniciaron los entusiastas de la ultraderecha y continuaron los españolistas monárquicos, no termine -en contra de la opinión de alguno de los próceres de la unidad patria-, en volver a declarar fiesta el 18 de julio.

La crisis de Cataluña es una gran crisis del Estado. La burguesía catalana huyó hacia adelante, pero de ahí a considerar idiotas a más de 2 millones de catalanes hay un tramo de despropósito. Como afirmaba un madrileño, presentado en la lista de ERC: “el independentismo no es una cosa de cuatro locos, de cuatro delincuentes, de la burguesía corrupta, del 3%, el independentismo es un movimiento social profundo, arraigado”.

Unos defienden la patria catalana; otros la patria española y su bandera. Y otros luchamos porque nuestra patria y nuestra bandera sean las de la gente que tiene dificultad para llegar a fin de mes, que no tiene trabajo, que la echan de casa porque no tiene para pagar el alquiler o la hipoteca, que pasa frio, que sufre violencia de género… Y todo esto sea en Marsella, en Sebastopol, o en Gerona.

Sigamos pensando en el paro y los contratos precarios, las pensiones congeladas, el coste de la energía y los grandes beneficios de las energéticas y las multinacionales con la anuencia del Estado, el deterioro del Estado del Bienestar y los servicios públicos, la corrupción, el envejecimiento de la Constitución, el uso partidista de las instituciones, la violencia sobre las mujeres, la emigración de nuestros jóvenes talentos, ….

Seguiremos escribiendo todos los 5 de enero a los Majos de Oriente y pidiendo una plancha para alisar este país.

J. M. Álvarez-Pravia

Nota: Para tener más información sobre el tema y ver un estudio más amplio se puede consultar y descargar este PDF: Todo sigue peor (edición ampliada)

Posverdades

La Academia de la Lengua acaba de incluir en su diccionario el vocablo posverdad con la siguiente acepción: Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales.

En las diferentes reacciones a las elecciones catalanas del pasado día 21, tanto de representantes políticos como de medios de comunicación, hemos visto un reiterado recurso al enunciado de posverdades. Comento alguna de ellas.

El resultado de las elecciones demuestra el fracaso del artículo 155. No es cierto. El recurso al 155 permitió desatascar una situación endiablada y convocar unas elecciones que, al margen de condenas retóricas, fueron aceptadas por todo el mundo, se desarrollaron con una normalidad ejemplar, tuvieron una participación inusitada y permitieron hacer una extraordinaria radiografía de la realidad política de Cataluña. Además sienta un precedente que introduce un elemento de normalización en el sistema constitucional español.

El resultado de las elecciones supone el triunfo de la república catalana. No es cierto. Si Convergencia tenía un problema, el 3%, la república catalana tiene otro problema, el 48%. Si para algo sirvieron estas elecciones, fue para revelar con precisión los sentimientos y las voluntades de la ciudadanía de Cataluña. Un 48% de firmes partidarios de la independencia es mucho, es algo a tener muy en cuenta. Pero no es suficiente, en modo alguno, para proclamar la independencia.

Ciudadanos ha obtenido una gran victoria, ha ganado las elecciones. No es cierto. Ciudadanos ha obtenido un importante éxito electoral y se ha reforzado como la principal fuerza de oposición en el Parlamento de Cataluña, pero no ha ganado ninguna victoria. Vencer significa alcanzar el poder y las posibilidades de Ciudadanos de gobernar en Cataluña, hoy por hoy, son mínimas.

¿Quién ganó las elecciones en Cataluña?

Difícil respuesta. Está mucho más claro saber quién las perdió.

Un primer gran perdedor es, sin duda, el PP, que queda barrido del mapa político catalán, probablemente de manera definitiva, y sufre un duro golpe en su imagen en el ámbito estatal. Rajoy arriesgó mucho: dando por perdida electoralmente Cataluña, apostó porque gestos de dureza contra el independentismo le proporcionaran rendimientos en el resto del país que compensaran el desgaste provocado por la corrupción. Pero lo que quizá no calculó es que un ridículo tan grande en Cataluña pudiera estropearle toda la operación. Y, encima, meter la competencia de Ciudadanos en casa. Al PP le esperan unos meses difíciles, con la cuestión catalana sin resolver y la marea de asuntos judiciales cayéndole encima. La perspectiva de una seria división electoral de la derecha parece bastante previsible, así como la de un futuro gobierno de coalición Ciudadanos-PP, sin Rajoy, para la próxima legislatura.

Un segundo gran perdedor es la izquierda, las fuerzas de izquierda en general. Ya desde un primer momento estaba claro que todo el proceso de Cataluña era un terrible factor de desgaste para la izquierda, tanto dentro como fuera de Cataluña. A ello se une, quizá, un ambiente general de retroceso de la izquierda que estamos viendo tanto en Europa como en América: de una izquierda que no acaba de ofrecer unos mensajes convincentes, ni por parte de sus sectores moderados, ni de los más jóvenes y radicales. En el caso de Cataluña, está claro que las elecciones conceden la iniciativa a los sectores más derechistas, tanto en el campo catalanista como en el españolista.

¿Quién gana, pues? No hay ningún claro vencedor. Desde luego, Ciudadanos obtienen un importante éxito que los catapulta como fuerza ascendente en el conjunto del Estado. Pero el triunfo político pertenece a las fuerzas independentistas, que alcanzan la mayoría parlamentaria y obtienen una victoria moral al haber resistido con éxito la ofensiva gubernamental. Pero es un triunfo que aparece limitado por dos factores de primera importancia: el primero es su división interna, que sin duda va a reducir su eficacia política; el segundo, y más importante, es su parcial representatividad social, que no consigue superar la mitad de la población catalana. Se podría decir que el independentismo catalán mantiene la hegemonía política e ideológica, pero no alcanza la mayoría social.

¿Y ahora qué?

            En realidad, estamos otra vez en el punto de partida, aunque con algo más de experiencia, que quizá las partes contendientes sepan aprovechar en beneficio de todos. De cara al futuro, existen dos posibles perspectivas, con una infinidad de versiones intermedias. Perspectiva A: el empantanamiento. Perspectiva B: la solución. La Perspectiva A puede tener muchas variantes, pero en esencia ya la conocemos, la estamos viviendo, la representan el tándem Rajoy- Puigdemont, y probablemente seguirá dando coletazos durante tiempo. A juzgar por el resultado de las elecciones, lo que la sociedad demanda es más empantanamiento; y creo que lo tendrá, aunque también tiendo a pensar que, poco a poco, la necesidad irá empujando hacia la perspectiva B. De ésta segunda ya hablamos en muchas ocasiones: pasa por el reconocimiento del conflicto, porque las partes se reconozcan y se respeten, por el cese de los insultos y las provocaciones mutuas, por un respeto de la legalidad por parte de las instituciones catalanas; y, a partir de ahí, un nuevo proceso constituyente, un federalismo asimétrico, un reconocimiento de la singularidad de Cataluña y Euskadi, una clarificación de las competencias del Estado, una solución equitativa a la cuestión de la financiación, una ley electoral justa, un referéndum en toda España para aprobar la Constitución y, después de todo ello, si las circunstancias todavía lo exigieran, un referéndum de autodeterminación en Cataluña con unas condiciones claras y previamente pactadas, inspiradas en el modelo Quebec.

Autor: Cheni Uría.